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Cuando fingir ser feliz no es suficiente

Hoy hace diez años, un desgarro indescriptible inundó mi vida.

Hoy hace diez años, perdí a mi hija Gabrielilla cuando estaba a punto der cumplir los cinco años.

Hoy hace diez años, contra todo pronóstico, mi corazón siguió latiendo y latiendo, una y otra vez, insistente, tenaz.

Aquel día, mirando a nuestra hija Alejandra, gemela de Gabriela, tuvimos la clarividencia de entender que nos encontrábamos ante una encrucijada que marcaría nuestra existencia futura como personas y como familia. Podíamos ser una familia que fingiese ser feliz o luchar denonadamente por llegar a serlo realmente. La tristeza de los ojos de Alejandra nos dio la respuesta. Ella no se merecía una vida de fingimiento.

Aunque parezca extraño, de las dos opciones, la de ser feliz es, a corto plazo, la más dura. Recuerdo la primera vez que volví a reír. Difícilmente se puede describir el dolor que se siente, un dolor incluso físico que te impide respirar. La sensación de traición y de temor al olvido te invaden. Es fácil aferrarse al dolor si no se tiene claro hacia dónde se quiere caminar, pero nuestro destino lo teníamos claro, y por ello nos esforzamos en no cerrar la puerta a los brotes de felicidad que se nos cruzaban en el camino y los fuimos aceptando. Un camino que tuvimos la fortuna de no recorrer solos, en mi caso con un hombre que entendió y afrontó el duelo de la misma forma en que yo lo hice y que fue mi más firme apoyo, con una hija amorosa que demostró una valentía ejemplar, con la mejor familia y los mejores amigos con los que se puede contar, y con una ayuda profesional, que, aunque en un principio rechacé, fue crucial en mi proceso.

AlejandraYGabriela

(Alejandra y Gabriela)

Sé que jamás volveré a disfrutar de esa sensación de plenitud de aquellos días, porque siempre nos faltará Gabriela, pero puedo decir que mi corazón está en paz y que disfruto de la vida, disfruto de los pequeños momentos que me regala con una intensidad mayor, si cabe, de con la que lo hacía antes, pues sé lo que significa tenerlos. Para mí, eso es la felicidad.

Hoy, diez años después, cuando veo a Alejandra hecha una adolescente equilibrada, sensata, buena, empática, asertiva y, sobre todo, feliz como una perdiz, creo que la decisión de aquel día fue la más importante y acertada de mi vida que no sólo le ha dado a mi hija la existencia que merecía tener, sino que, a la larga, también me salvó a mí.

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