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Derroche de felicidad sin gratitud

La guerra civil española (1936-1939) provocó una grieta en el país, no sólo fue un enfrentamiento bélico durante casi tres años, se convirtió en un antes y un después para muchas familias. Antes de la guerra civil muchas de ellas eran felices y tras concluir la misma ya no lo fueron hasta que pasaron décadas.

Al acabar la guerra comenzó un periodo – ya no bélico – pero más duro si cabe, la llamada “posguerra”. Fueron años de hambre, de racionamiento y de emigración. Los peores años de la misma se produjeron entre 1946 y 1949.

Robert-Capa

A pesar de vivir una etapa tan dolorosa existía felicidad, personalizada en los llamados “niños de la posguerra”. Muchos de ellos son en la actualidad nuestros padres, o incluso, abuelos. Fue una generación que se llenó de energía y coraje para reconstruir un país a pesar de la adversidad. En todas las familias había un atisbo de esperanza, una fuerza oculta. Gracias a esos niños tenemos la España actual y nuestros pensamientos son libres.

Esta es la historia de una niña cualquiera de la posguerra que desde bien pequeña derrochó felicidad sin gratitud.

Como otros tantos que estaban en el bando que perdió – así es la felicidad de caprichosa – tuvo que comenzar a trabajar a la temprana edad de 12 años.  Obligada a dejar los estudios fue capaz de aprender un oficio. Con una inteligencia prodigiosa para el diseño y confección de prendas, se fue haciendo un camino en el terreno laboral. Mientras tanto su vida privada no paro de avanzar, derrochando alegría por donde pasaba. Conoció al amor de su vida a la edad de 15 años: Fue la sombra de su madre a la que protegía por encima de todo, pese a ser la hermana pequeña con diferencia de edad respeto de sus hermanos.

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Esa diferencia de edad hizo que conviviera con las generaciones venideras, ejerciendo de hermana mayor. Después se convertiría en la “tía joven” que podía ejercer de abuela al cuidado de los hijos de sus sobrinos.

Nunca tuvo ni tiene nada para ella, sólo mira por los demás. Estando ahí cuando se la necesita. Su carácter es fuerte pero jamás ha pedido nada a cambio a ninguna persona. Lo hace todo porque “le sale” y si alguna vez le haces algún comentario sobre algo ilógico siempre responde del mismo modo: “ellos verán, a mi me da igual”.

Hoy en día esa persona sigue derrochando vitalidad y ayudando cuando se la necesita, pero pienso que su vida y la de tantos otros niños de la posguerra se vio truncada por las secuelas de una guerra absurda entre hermanos. Cierto es que también se produjo el fenómeno de la “felicidad inversa“.

Doy las gracias a todos los nacidos en la llamada posguerra por construir el país que conozco y me siento con dicha por ser hija de padres nacidos en la posguerra.

Cada etapa tiene su felicidad

Lo que hoy te hace feliz, ayer no te lo hacía o mañana no te lo hará o sí. Nuestro cuerpo pasa por diferentes etapas durante nuestra vida, es un ciclo biológico que nadie lo puede parar, primero somos recién nacidos, luego niños, pasamos a ser jóvenes, adultos, ancianos. Nuestra apariencia física va cambiando y al mirarnos en el espejo unas veces somos más felices que otras.

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No sólo cambia nuestro cuerpo, nuestra mente se halla en continuo cambio y aprendizaje, lo que hace que nuestra felicidad vaya acorde con nuestra psique. En la infancia se es muy feliz con muy poco, las sonrisas en los niños son espontaneas y naturales, ver a un niño triste te rompe el corazón. Una simple caricia, un paseo de la mano de sus seres queridos, un caramelo, una mirada, cualquier pequeño detalle se capta en la niñez como si fuera lo más grande.

Cuando vamos creciendo perdemos la inocencia, la naturalidad, la sonrisa no forzada y comenzamos a ver miedos, a pensar en el que dirán, a querer ser lo que no somos. Entramos en un bucle que nos condiciona para el resto de nuestra vida, impidiendo mostrarnos tal como somos y gritar a los cuatro vientos si estamos alegres, enfadados, tristes. Las lágrimas también son el reflejo de la felicidad, llorar nos ayuda a sentirnos bien con nosotros mismos.

En plena juventud, todo se nos queda pequeño, necesitamos más y más, la felicidad radica en tener todo aquello que nos propongamos, los amigos toman un papel fundamental y muchos de los que se hacen se quedan para toda tu vida, recorres infinitos caminos en esta etapa y en todos ellos siempre hay rayos de plenitud. Las carcajadas están presentes casi todos los días, todo va de fabula, tienes toda la vida por delante. También se sufren los primeros golpes de la vida, perdidas de seres queridos, fracasos personales en los estudios o en algún proyecto laboral. Pero todo se supera porque eres joven y tienes una energía sin igual.

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En la edad madura, viene el sosiego, la sonrisa calmada, la mirada de la experiencia, los recuerdos se asientan en nosotros, nos sentimos jóvenes aún pero tenemos unos cuantos años a nuestras espaldas y miramos el presente con otros ojos. Si en la juventud todo era “el futuro”, ahora es “el presente” cada día queremos que dure 48 horas. Ansiamos el poco tiempo libre que tenemos porque aún estamos en la edad laboral y cada momento nuestro, lo queremos disfrutar a tope, cada cual como lo prefiera, pero todos tenemos en común que queremos ser felices, pasar de lo malo y no preocuparnos en exceso de lo que vendrá que sabemos que llegará.

Llegamos a la temida tercera edad o cuarta edad o quinta edad, da igual el nombre que le demos, ha llegado, esta ahí, no nos hemos dado cuenta pero nuestro ciclo vital está llegando a su fin. La forma en la que cada cual vive esta etapa depende del enriquecimiento de todas las anteriores, si has aprendido a sonreír, a ser feliz, a ser entusiasta, vital. Seguro que cuando alcances 90 años o más, no te creerás ni la edad que tienes, dará igual el cuerpo que tengas por muy arrugado que este, lo importante estará en tu mente, en tu manera de ser, en tu forma de transmitir y será reconfortante ver cómo puedes ayudar a los más jóvenes con tu ejemplo y tú presencia.

Estoy convencida que la condena del ser humano es saber desde que nace que algún día morirá pero no es motivo de tristeza porque tenemos toda una vida para ser felices.

Imagen portada de Vivian Maier
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